Una carretera solitaria, una noche de Halloween y una guagua que nunca debió continuar su viaje. Cuando el conductor descubrió a una misteriosa pasajera sentada donde antes no había nadie, comprendió que algo terrible estaba ocurriendo. Pero lo verdaderamente aterrador no era aquella mujer. Era descubrir quiénes viajaban realmente con él.
El último viaje por la carretera de montaña
Era la noche del 31 de octubre. Una neblina espesa cubría las montañas de la Cordillera Central mientras Elías conducía la última guagua hacia Constanza. Había recogido a tres pasajeros: una señora de edad avanzada, un joven con una mochila y un hombre que llevaba una cámara fotográfica. Los tres permanecían en silencio, aparentemente dormidos. Eran las 11:47 de la noche cuando el conductor observó algo extraño en el espejo retrovisor: una mujer vestida de blanco estaba sentada en el cuarto asiento. Tenía el cabello largo, completamente mojado, y mantenía la cabeza inclinada hacia abajo. Elías sintió un escalofrío. Estaba seguro de que nadie había subido durante los últimos treinta minutos. Miró la carretera, buscó un lugar donde detenerse y volvió a observar el espejo. La mujer había levantado la cabeza. Sus ojos estaban abiertos. Y sonreía.
El boleto que llevaba cuarenta años esperando
—Señora, ¿dónde usted subió? —preguntó Elías, intentando mantener la calma. La mujer no respondió. Lentamente extendió una mano pálida y dejó caer un boleto sobre el pasillo. El conductor encendió la luz interior y, sin apartar completamente la mirada de la carretera, distinguió unas letras descoloridas: «31 de octubre de 1986. Último viaje». Sintió que las manos comenzaban a temblarle. Entonces escuchó una voz junto a su oído, aunque la mujer seguía sentada varios asientos detrás. «No te detengas. Si te detienes, ellos van a despertar». Elías miró por el retrovisor a sus otros tres pasajeros. Ninguno se movía. Pero ahora los tres tenían los ojos abiertos y lo observaban fijamente.
Los tres golpes que llegaron desde el techo
De repente, algo golpeó el techo de la guagua. Una vez. Dos veces. Tres veces. Elías aceleró mientras la neblina se hacía más espesa. La radio se encendió sola y comenzó a transmitir una noticia entre interferencias: «Continúa la búsqueda de una guagua desaparecida en la carretera de montaña. Se desconoce el paradero de su conductor y sus cuatro pasajeros». El locutor mencionó la fecha: 1 de noviembre de 1986. Elías intentó apagar el aparato, pero los botones no respondían. Entonces vio, a través del parabrisas, las luces de otra guagua que se aproximaba por el carril contrario. Era idéntica a la suya. Y detrás del volante había un hombre que llevaba su misma ropa, tenía su mismo rostro y golpeaba desesperadamente el cristal para advertirle algo.
La curva que no aparecía en ningún mapa
La segunda guagua desapareció en medio de la neblina. Elías frenó bruscamente ante una curva que no recordaba haber visto nunca. Sobre la carretera había un viejo letrero oxidado: «ÚLTIMA PARADA». El silencio fue absoluto. Entonces la mujer de blanco comenzó a caminar lentamente hacia él, dejando huellas mojadas sobre el piso. «Te dije que no te detuvieras», susurró. Elías trató de abrir la puerta, pero no pudo. Miró a los tres pasajeros y descubrió algo que le heló la sangre: ninguno tenía rostro. Donde debían estar sus ojos, narices y bocas solamente había una superficie oscura, inmóvil. La mujer se inclinó hacia su oído y pronunció unas palabras que jamás olvidaría: «Hace cuarenta años nos dejaste aquí. Esta noche vinimos a buscarte».
El conductor que descubrió que nunca había estado al volante
Elías gritó y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, ya no estaba conduciendo. Se encontraba sentado en el cuarto asiento, con la ropa empapada y un boleto antiguo entre los dedos. Al frente, la mujer vestida de blanco sostenía el volante. El reloj del tablero marcaba las 11:47 de la noche. La guagua avanzaba lentamente por la misma carretera. Elías levantó la cabeza y observó a un nuevo conductor que aparecía detrás de ellos, manejando otra guagua entre la neblina. La mujer sonrió. «Mira, Elías. Ya viene el siguiente». Entonces escuchó tres golpes sobre el techo. Una vez. Dos veces. Tres veces. Y comprendió que aquella noche nunca terminaría.
¡Feliz Halloween! Esta historia es completamente ficticia y fue creada exclusivamente para entretener a nuestros lectores. Los personajes y acontecimientos sobrenaturales son inventados; no se trata de un suceso real ni de una leyenda documentada de Constanza.
👻 Ahora dinos... ¿te asustaste? ¿Te atreverías a viajar por una carretera solitaria a medianoche?
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