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Misterio

El asteroide que ocultó su forma durante casi 170 años: podría ser tres mundos unidos y además tiene una luna

13 agosto 2026 Publicado por Leonel Marzán 3 min de lectura
El asteroide que ocultó su forma durante casi 170 años: podría ser tres mundos unidos y además tiene una luna

(44) Nysa fue descubierto en 1857, pero las imágenes más detalladas obtenidas hasta ahora revelan algo que los científicos nunca habían visto de esta manera: tres enormes lóbulos aparentemente conectados y un pequeño satélite orbitándolo. El gran misterio es descubrir cómo terminó con una forma tan extraña.

Lo observábamos desde 1857, pero no sabíamos realmente qué era

Uno de los asteroides conocidos desde hace más tiempo acaba de convertirse nuevamente en un misterio científico. (44) Nysa, descubierto y bautizado en 1857, se encuentra en el cinturón principal entre Marte y Júpiter y lleva casi 170 años desconcertando a los astrónomos por su brillo y peculiar composición. Ahora, las imágenes de mayor resolución obtenidas hasta el momento indican que el objeto podría poseer tres grandes lóbulos conectados entre sí, una configuración extraordinaria entre los cuerpos estudiados del Sistema Solar.

Durante décadas distintas observaciones habían sugerido que Nysa era alargado, presentaba una gran concavidad o quizás estaba compuesto por dos partes. Las nuevas imágenes obtenidas con el Large Binocular Telescope de Arizona y el instrumento SPHERE/ZIMPOL del Very Large Telescope de ESO en Chile permitieron observar dos grandes depresiones que parecen rodear parcialmente al asteroide. Los investigadores las interpretan como posibles “cuellos” que separarían tres componentes, aunque todavía mantienen abierta otra explicación: Nysa podría ser un único cuerpo extremadamente irregular.

Y entonces apareció otra sorpresa: Nysa tiene compañía

El análisis reveló además un pequeño objeto que anteriormente había pasado inadvertido. Se trata de una luna provisionalmente denominada S/2026 (44) 1, con un diámetro estimado de poco más de un kilómetro. El satélite orbita al menos a unos 170 kilómetros del asteroide principal, que alcanza aproximadamente 75 kilómetros de diámetro. Su detección en diferentes conjuntos de observaciones refuerza la evidencia de que realmente acompaña a Nysa.

Esa diminuta luna puede convertirse ahora en una pieza esencial para resolver el misterio. Si los investigadores logran medir con mayor precisión su velocidad y período orbital, podrán calcular mejor la masa y densidad de Nysa. Esa información ayudaría a determinar si estamos ante tres objetos que terminaron unidos por la gravedad o ante una sola estructura extraordinariamente deformada.

¿Tres asteroides que chocaron suavemente?

La hipótesis que más llama la atención es la del “contact trinary”: tres cuerpos que terminaron unidos formando un único objeto. Los investigadores plantean que Nysa podría haberse formado cuando fragmentos generados por una antigua colisión volvieron a reunirse a velocidades relativamente bajas. Otra posibilidad es que sea el resultado de un violento encuentro de tipo hit-and-run, en el que un cuerpo mayor chocó con otro sin destruirlo completamente. Por ahora, ninguna de estas explicaciones ha sido establecida como definitiva.

Un misterio que puede contar algo sobre el origen de la Tierra

Nysa pertenece a los denominados asteroides de tipo E, caracterizados por superficies asociadas con minerales ricos en enstatita y por reflejar mucha luz. Ese detalle le da un valor científico adicional: su composición presenta vínculos químicos con materiales considerados parte de los bloques con los que se formaron los planetas terrestres. Entender cómo nació y evolucionó Nysa podría aportar pistas sobre procesos ocurridos durante las primeras etapas del Sistema Solar.

Después de casi 170 años observándolo, los astrónomos parecen haber conseguido finalmente una imagen mucho más clara de Nysa, pero esa imagen ha creado nuevas preguntas. Si futuras observaciones confirman que realmente posee tres componentes unidos, su peculiar silueta podría conservar las cicatrices de colisiones y fusiones ocurridas hace miles de millones de años. El misterio, en este caso, no necesita teorías sobrenaturales: está escrito directamente en la forma de una roca que lleva toda la historia del Sistema Solar viajando por el espacio.